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Ya os he hablado en algunos posts sobre las muchas cosas buenas que aporta el deporte y sobre lo afortunada que me siento de poder hacer de él mi forma de vida. Imagino que para otros deportistas que adquieren más méritos y fama, la sensación de vivir en un sueño hecho realidad debe ser enorme, pero hoy me apetece hablar de lo que considero que es lo más “chungo” (sí, una palabra poco ortodoxa pero muy descriptiva) de ser un deportista de élite.

Se suele repetir con frecuencia “que el deporte es algo muy sacrificado” pero creo que la parte más difícil no es entrenar horas y horas o la constancia y disciplina que hay que tener desde pequeño, que suelen ser los valores en los que la gente se fija y admira más. Desde mi punto de vista, la presión que se siente por estar a prueba constantemente, la obligación hacerlo todo bien día a día, partido a partido es lo que más factura pasa a los deportistas.

Está claro que si tienes un trabajo “normal” también debes rendir regularmente, cumplir ​objetivos, etc; pero creo que se produce a un nivel mucho menos profundo que la situación del deportista de élite. Obviando el hecho de que hay competición constante donde debes ganar tus partidos sin que a nadie le importe si has dormido bien, te duelen las cervicales del viaje, tienes problemas familiares o menstrúas; los momentos en los que debes rendir cuentas van más allá del partido, cuando eres un deportista profesional estás siendo expuesto y evaluado cada segundo.

En unos deportes es más “heavy” (hoy estoy con la jerga juvenil, ​¿qué pasa​?​) que en otros, pero en tenis de mesa, desde el momento en que pisas el pabellón todo cuenta: tu calentamiento, tu lenguaje corporal, tu comportamiento en la mesa… Todo está siendo observado por tus rivales y demás agentes y todo ello influye en el resultado del partido, ya que aún sin ser un deporte de contacto físico, es una batalla de tú a tú. Algo tan simple como la confianza que te pueda dar el hecho de tener “la ligera impresión de que tu rival está nervioso” o tener confianza por haber ganado un buen partido de entreno la semana pasada, puede marcar la diferencia entre ganar un partido importante y perderlo. Y así con todo.

Creo (aunque quizás estoy equivocada) que es una situación que se acentúa especialmente en los deportes que debes vencer a un rival y no sólo a ti mismo y a un cronómetro: la batalla psicológica es incesante y es fundamental vencer al otro no sólo durante el partido sino día a día demostrar a jugadores y entrenadores (y a ti mismo) que eres fuerte y estás dispuesto a comerte el mundo. Aún teniendo el mejor juego, no está garantizado que vayas a ganar.

En la élite (y no quiero ni imaginarme cómo debe ser en los deportes más mediáticos) además, debes enfrentarte al público, a directivos que sólo entienden de resultados y a la prensa. Hay ocasiones que parece que están a la espera del momento de que tu resultado no sea suficientemente bueno y te ataquen con un ¿qué ha pasado? Particularmente, esa pregunta es una cosa que odio con todas mis fuerzas. Son muy pocas las ocasiones en las que está clarísimo por que has perdido (táctica incorrecta, no estás entrenado, te quedaste en blanco en el momento clave…), hablamos de deporte de élite, las bases están sentadas y las veces que llegas a un partido sin estar preparado son muy escasas.

Al final, lo que decide el resultado es todo y nada a la vez, si compites contra gente de un nivel muy cercano al tuyo el resultado será fruto de matices, el deporte es algo muy chungo dónde todos los pequeños detalles cuentan y no siempre se pueden controlar, por eso las estadísticas a veces se equivocan y uno más uno, en ocasiones, no son dos.